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Historia de plasencia
Siglo XIX


    El siglo XIX es una etapa trascendental en la evolución de Plasencia, en la que se verán reflejados acontecimientos históricos de primer orden, como la Guerra de la Independencia (1808-1814). Durante la misma, la ciudad sirvió de cuartel general y centro de aprovisionamiento para las tropas, tanto francesas como patrióticas y aliadas anglo-portuguesas. El enemigo sometió a la población a saqueos, brutales exacciones y otros muchos abusos. Numerosos edificios públicos, eclesiásticos y civiles, se vieron seriamente dañados. Por aquí pasaron temibles mariscales, como Soult, cuya estancia en el verano de 1809 aterrorizó a la ciudad y su partido, donde quemó varios pueblos. La miseria, el hambre y las enfermedades fueron la dura secuela de la francesada.

    Estas primeras décadas supusieron el inicio del derrumbe del Antiguo Régimen, que va a ser lentamente reemplazado por una burguesía liberal. El tránsito produjo serios enfrentamientos en Plasencia, debido al arraigo de la ideología absolutista en la ciudad, lo que originó una serie de insurrecciones realistas, que acabaron, a la postre, anticipando la proclamación del absolutismo en la ciudad a finales de mayo de 1823. Por esta causa, sufrió el acoso del famoso Empecinado, quien se presentó el 10 de septiembre de ese año, con ánimo de revancha, ante los muros de la ciudad, que fue defendida certeramente por el coronel realista G. Morales.

    A la muerte de Fernando VII, el carlismo tuvo uno de sus focos más destacados  de la región en Plasencia. Aquí se urdió en 1834 una conspiración dirigida por Mariano Ceferino del Pozo, alias Boquique, y otro cabecilla, Alonso Muños, conocido por La Tumba, que fue sofocada en Valcorchero, donde aquel tenía su escondite. Contó con el apoyo de los poderes fácticos y el alto clero de la ciudad y se convirtió en uno de los argumentos para el destierro del obispo Varela al castillo de San Sebastián, en Cádiz, al año siguiente. La causa carlista fue perdiendo adeptos entre la ciudadanía, que se inclinó a favor de Isabel II, a pesar de los esfuerzos de las facciones de Basilio y Jara de tomar la ciudad en 1837.

    En el primer tercio del siglo Plasencia se jugó su futuro con la candidatura frustrada a ser capital de la provincia altoextremeña, la que recayó sobre la villa de Cáceres de forma definitiva en 1833. Progresivamente Plasencia va a ser despojada de muchos servicios públicos, que a lo largo del siglo se trasladaron a la capital (Audiencia de lo Criminal, Hospicio, etc.), lo que hizo decaer de modo considerable el nivel socioeconómico de la ciudad y generó un sentimiento de frustración generalizada.

    Otro momento delicado vivido en Plasencia se corresponde con el llamado Sexenio Democrático (1868-1874), tiempo de revueltas y levantamientos tanto de carlistas como de republicanos. Estos últimos se confabularon con los revolucionarios de Béjar, sembraron de partidas federalistas la demarcación y pretendieron asaltar la ciudad en vano.

    Durante la Restauración, la vida política tendió hacia la monotonía, rota tan sólo por sucesos sorprendentes y rocambolescos como el caso de suplantación de personalidad en el juicio celebérrimo del Muerto Resucitado, que apasionaba a las masas de entonces. O por la irrupción en la vida pública de personajes polémicos como el heterodoxo Cura Mora, que plantó cara al oscurantismo religioso preconizado por el obispo Casas y Souto, quien, a su vez, se autoproclamaba como "martillo de liberales”.

    Fue el último tercio del siglo, no obstante, un momento glorioso en el desarrollo de la vida social, de la economía, del urbanismo, de la educación, de la cultura, etc. Surgieron nuevos espacios de socialización, tal que los primeros cafés, los círculos culturales y recreativos, promovidos por artesanos y comerciantes, las pioneras organizaciones de defensa de los derechos de los obreros placentinos, sometidos a una vida dura y de explotación. Este ambiente fue el fermento para la introducción de nuevas ideas sociales y del pensamiento masónico, que se plasmó con la instalación de una logia en la ciudad del Jerte.

    En cuanto al urbanismo y arquitectura se produce una notable mejora y se diseñan proyectos de largo alcance, como el Plan de Ensanche, que, aunque no llegó a aplicarse con rigor, propició la aparición de nuevos viales y plazuelas, de nuevos paseos, etc. En esta labor descolló la amplia labor desarrollada por los arquitectos municipales, en especial la del erudito Vicente Paredes, quien, llevado de las ideas higienistas, facilitó el rompimiento de las murallas por diversos puntos con el fin de sanear la viciada atmósfera del recinto intramuros.

    Se mejoró la red de abastecimiento de aguas, con la construcción de un gran depósito, el alcantarillado, el acerado y pavimentación de las calles, el alumbrado eléctrico, el mercado municipal de abastos y otras iniciativas que fueron cambiando el perfil de la ciudad, modernizándola y haciéndola más atractiva para moradores y forasteros.

    Aparecieron nuevos centros educativos de inspiración benéfica, como el Colegio San Calixto para huérfanos masculinos, y el correspondiente femenino, Colegio de San José, ambos promovidos por próceres locales. Se construyó un nuevo Seminario Conciliar, arrebatando espacio a la plaza de la catedral, y funcionaron centros de enseñanza secundaria.

    La cultura se dinamizó con el auge de la prensa local, que produjo una auténtica eclosión de periódicos decimonónicos, algunos de cabeceras memorables como "El Cantón Extremeño”, del que era alma el federalista Evaristo Pinto Sánchez, primer alcalde republicano de la ciudad y una figura controvertida y hostigante contra el integrismo clerical, que lo excomulgaba reiterativamente. De sus talleres, y de otros varios que se fueron radicando en esa época, salieron libros importantes de la cultura extremeña, tanto de temas históricos, legendarios, como de poemas y novelas de autores locales (Alejandro Matías, V. Paredes, Benavides Checa, Barrios Rufo...)

    El viejo Patio de Comedias, sito en el hospital de la Merced, en el barrio de San Juan, dio paso a un nuevo espacio escénico, el Teatro Romero, moderno y cómodo, instalado en las cercanías de la iglesia de San Pedro. Para los espectáculos taurinos, a los que tan aficionada era la ciudad, se construyó la actual Plaza de Toros, inaugurada en 1882, donde actuaron, desde entonces, las mejores figuras del escalafón taurino.

    Pero tal vez el hecho de mayor resonancia y alcance socioeconómico para Plasencia y su cada vez más reducido partido, fue la llegada del ferrocarril: la primera en construirse fue la línea Madrid-Lisboa, un tanto retirada; la que provocó el entusiasmo ciudadano fue la línea Plasencia-Astorga, para la que se levantó la estación y se dotó de un paseo. Además de romper con el aislamiento secular de la ciudad, se incrementó el número de viajeros, se intensificó el intercambio comercial y el transporte de mercancías y ganados, especialmente trashumante.

    La grave crisis de fin de siglo se cierra en Plasencia con la concesión de un título más, el de “Muy Benéfica”, que premiaba la labor humanitaria desarrollada por los ciudadanos con los repatriados de las guerras coloniales,  víctimas del llamado Desastre del 98, que removió los cimientos de la sociedad española y sentó las bases para el regeneracionismo. Gabriel y Galán, el vate salmantino-extremeño que había contraído nupcias en la ciudad, se hizo eco de la gracia real y dedicó un entusiasmado poema al pueblo placentino que se había desvivido por ayudar a la desarrapada tropa. Un honroso broche para una centuria tan convulsa como trascendente para Plasencia.

Fernando Flores del Manzano

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